Prejuicios

PREJUICIOS LADO A:
Como todas las mañanas y las tardes pero sólo en hora pico, el A está con demora. Subo en uno que va para Plaza de Mayo, pero últimamente demasiadas personas hacen lo mismo y se dificulta encontrar un asiento permanente, Lima-Plaza de Mayo, Plaza de Mayo-San Pedrito y que el resto se joda.
Hay un lugar al lado de un señor excesivamente alto y ancho. Espero de pie, pero veo que la cosa no mejora. Me siento a su lado. Sube una mujer con su hijo, que tiene síndrome de Down. No es un chico, es un muchacho ya crecido, tiene una pequeña barba con algunas canas, y es tan crecido que si bien no es largo es bastante ancho. Se me sienta al lado. Quedo sanguchito. El muchacho respira ruidosamente. Yo estoy a punto de putear en japonés, pero me arrepiento y me pongo a leer.
Rápidamente el subte se llena. Frente al joven ancho se para otro flaco, que empieza a charlar con el joven y su madre. Ella le cuenta que su hijo es músico, que toca el órgano y la armónica. El flaco le pregunta cuál es su músico favorito y el joven le responde: “Stevie Wonder”. Y conversan: el flaco cuenta que toca la guitarra, que la música es su vida y que para sobrevivir hasta tocó en la calle. Y que por suerte pudo conseguir laburo, pero ahora no tiene tiempo para tocar. Se preguntan entre ellos qué marca de instrumento tienen, uno toca en un grupo; la madre interviene de vez en cuando, orgullosa de su hijo. Y el flaco repite a cada rato que ahora consiguió laburo.
Frente a toda esta maravilla, sigo leyendo pero no puedo salir de un renglón: cada palabra es un cachetazo a todos y cada uno de mis prejuicios. Todo lo que dicen me parece un milagro y me reconcilia un poco con la humanidad. Y empiezo a creer que los abismos se pueden saltar sólo con mirar al otro y decir “hola” si el otro también está dispuesto a mirar.
La epifanía sólo es interrumpida por las ráfagas de aire helado y el perfume a limón que de vez en cuando escupe Metrovías sobre los pasajeros.
PREJUICIOS LADO B:
Se baja el flaco, ya el subte se va vaciando. En una estación sube uno que vende estampitas. Está vestido con un equipo de San Lorenzo que le queda chico y tiene alta visera blanca. Las palabras son las de siempre: la familia que mantener y antes de salir a robar prefiere vender estampitas. Y sube una chica de unos 17 años con un bebé en brazos. El de las estampitas ofrece a todos.
Hace 45 minutos que estoy leyendo un título y no puedo salir de ahí. Escucho la voz del joven Down cuando el de las estampitas le ofrece una: “No, no quiero”, le dice cortante, y veo de reojo que mira para otro lado. De inmediato, la madre ataca: “No tenés que vender estampitas, tenés que buscarte un trabajo”. Y el tipo le contesta: “Busco, señora, pero no encuentro nada”. Ahí largo los apuntes y miro la escena. La madre está inspeccionando al de las estampitas de arriba abajo, y le dice: “No sé, no sé, menos fútbol y más trabajo”. El tipo le dice: “Mire, uso esto porque me lo regalaron y es lo mejor que tengo para ponerme cuando salgo a vender”. La mujer niega con la cabeza y el de las estampitas le insiste a uno que le dio plata: “Quedátela, la estampita, vas a ver que te va a traer suerte, en serio”. A todo esto, ya me dejó en la mano una de la virgen de Caacupé y yo le di un billete de 5 pesos y me levanté rápido porque ya estamos en San Pedrito. Sólo queda la chica con el bebé en el vagón. El de las estampitas le ofrece una y ella la rechaza. Él le dice: “No te pido plata. Te la dejo, es solamente porque sos vos”.
Y entonces me olvido de la mujer y del joven Down y de la alta visera del de las estampitas y de la chica con el bebé y del que tocaba música en la calle para sobrevivir. Y pienso que desde el lugar que a cada uno le toca vivir los prejuicios protegen del peligro tácito que el otro implica: de lo diferente, de lo amenazante, del que te saca de la comodidad simplemente con aparecer en el horizonte. Y pienso que me vino bien quedar sanguchito para fumarme una lección completa cuando de pronto viene la vida a decirte que abras la cabeza y permanezcas atento, porque nada es lo que parece.

Bullying, en primera persona

Cuando estaba en el colegio secundario me iba bien y me iba mal. Cargaba con el bullying de mis compañeros, alguna vez lo conté. Y el bullying conseguía sacar en mí las peores cosas. Y esas cosas, esos sentimientos de mierda, me los comía uno por uno. Literalmente. A los 16 años era un barril. Pero uno se lo contaba a un adulto y el adulto, que quién sabe qué cosas había pasado, te contestaba “vos no hagas caso y seguí tu camino.”
Y yo seguía mi camino, pero mi camino siempre era a contra corriente, como va el salmón, y siempre me dejaba marcas que dolían. En los actos del colegio me tocaba escribir algo y leerlo en público. Participaba en todo, y estudiaba sólo lo que me gustaba. También me tocó conducir la fiesta del cole en un teatro de Flores. Hicimos una muestra de poemas ilustrados y la rectora invitó gente de todos lados para que vieran lo que mi entonces amigo Fabián y yo habíamos hecho.
Y una vez me enojé con el profesor de finanzas y en la revista del colegio lo prendí fuego sin dar el nombre. Por supuesto que me llevé la materia.
Por si ya no me había ganado suficiente odio, el último año fui escolta de la bandera. Era aburrido pero importante.
Y un mediodía, cuando estaba saliendo del cole, vi por primera vez una escena que no dejó de repetirse a través de los años: una compañera, que durante tres años me había pedido ayuda para todos los trabajos prácticos, una de esas minas densas que se pegan como lapas para sacarte algo, se acercó a la vicerrectora, le dijo algo al oído, las dos me miraron y se fueron al despacho juntas.
La vice era una licenciada en filosofía, cordobesa y con la cara como una calabaza de Halloween sin onda. Al otro día me comunicaron que yo dejaba de ser escolta (qué palabrita, “escolta”) porque me había llevado materias. Adivinen a quién pusieron en ese lugar…claro, a ella. Que nunca tuvo un promedio mayor a 25 centésimos por encima del mínimo para aprobar. Que molestaba en todos lados. Que tenía olor a jabón de coco en el pelo mezclado con mugre intrínseca. Que cuando no le alcanzaba el promedio mandaba a la madre, una especie de mastín napolitano, a quemarle la cabeza a los profesores. Pero que nunca se llevó ninguna materia, ni se rebeló contra nadie, y que lo único que defendió y por lo único que se jugó fue por sus puntitos bimestrales.
No recuerdo que me haya afectado mucho en el momento, pero seguro que implosioné como el albergue Warnes y engordé dos kilos en un día.
Nunca me olvidé de la escena ni de los cretinos amparados por el reglamento. Los encuentro en la vida a cada rato. A veces puedo zafar de su proximidad. Otras no. Y si aprendí algo con todo eso fue que, no importa qué pase, elegí, elijo y elegiré no ser igual. Prefiero el dolor que dejan las marcas. No por los cretinos sino por mí.

F.E.

Cuando estudiaba periodismo en TEA, allá a principios de los ’90, tenía una compañera que era bella. Y tonta. Llegaba o se iba en autos que ninguno de los ratas que cursábamos allí podríamos haber comprado. Siempre tenía terribles chongazos alrededor, y creo que cualquiera de los pibes se moría por explicarle alguna bibliografía, no importaba cual. Ella siempre estaba bien vestida, súper producida, siempre con papeles en las manos y ajena a todo el bien y a todo el mal. Ella era un despiste y nadie daba dos mangos por su camino en la profesión.
A mi me iba muy bien. En las tres cosas: gráfica, radio y tele. En los exámenes de fin de año me ponían a cargo de cosas. Florencia para mi no existía.
Nunca hablábamos, porque además yo era el bagayo de siempre y ella brillaba con su lomo y su cara de muñeca, así que no teníamos nada en común.
Una noche de clases, no sé por qué, Florencia me llamó aparte y me dijo: “yo voy a llegar más lejos que vos. A vos la carrera no te cuesta nada, todo te sale bien. En cambio a mi me cuesta muchísimo, así que le pongo tanto esfuerzo que voy a llegar más lejos.”
A F.E. me la volví a cruzar varias veces a la vuelta de Tribunales. Ella estaba haciendo móviles para Canal 13. Yo llegaba al laburo donde liquido sueldos.
Un día puse el noticiero y allí estaba ella, haciendo el copete de su nota, y era perfecto. Era todo lo que nos enseñaron en TEA.
El domingo pasado leí un reportaje que le hicieron para la revista Viva. Contaba de su laburo en la tele y de sus libros.
Ninguna de las innumerables mañanas en que nos cruzamos a la vuelta de Tribunales me atreví a hablarle. Pero si le hablara, antes que nada le diría: “chapeau, maestra”. Y después le diría que sí, que uno es la suma de sus decisiones…y tal vez le pediría un autógrafo

Amnistía no, diario La Nación

Una noche de 1977 estábamos buscando un disco con mis viejos. Era para mis quince, imagínense. Yo quería bailar lo mismo que bailaron ellos cuando se casaron, el vals “Fascinación”.
Volvíamos desde Flores y vimos un caserón con las puertas abiertas y un cartel manuscrito: “Se venden libros y discos”.
Entramos. Como digo, era una casa. En aquella época nadie vendía en la casa, para eso estaban los negocios. Los vendedores eran un matrimonio de gente mayor. Debo decir que tanto mi viejo como yo éramos de hacer chistes con los comerciantes. Y mi viejo empezó con sus comentarios, pero esta gente no parecía de buen humor. Miraban para todos lados, y si se reían igual seguían tensos.
Vendían discos y libros usados. No tenían “Fascinación”, claro. Tenían por ejemplo libros de Karl Marx y discos de Víctor Jara. Y un álbum doble de Joan Báez, que compré.
Recuerdo que comentamos en el auto que ese matrimonio era raro. Yo, además, vivía en una burbuja como algunos en aquel tiempo.
Unos días después volví al lugar con un amigo del colegio, a ver si podía encontrar algo más. La casa estaba cerrada. Recuerdo la inquietud y la sensación de que algo se me estaba escapando. La angustia por la que ese matrimonio estaba pasando, por la casa vacía, por la venta en la noche, por la huida quién sabe adónde.
Muchos años la casa de Rivadavia 8022 estuvo cerrada. Después abrió como local comercial de algo. Ahora se llama Diagnosys. Y qué copado debe ser para la gente que concurre allí a hacerse kinesiología entrar en ese caserón antiguo y reciclado.
No sé si alguien que no sea yo recuerda a aquellas personas, a aquella casa resignada a la noche cruel de la dictadura. Pero ayer, leyendo el editorial de La Nación, sentí que el frío y viejo caserón gritaba “nunca más”.

El Viru

Me gustan las palomas. A otra gente le gustan las iguanas o los hurones y eso se considera cool, así que no jodan.
Más de una vez las levanto por la calle y trato de curarlas; a veces se puede y a veces no. Por ahí lo que me llama la atención de ellas es su enorme instinto de sobrevivencia, que es lo que las transformó en plaga.
Y en este tiempo aprendí que no se puede ir contra la naturaleza, y que a veces es mejor que actúe la selección natural en lugar de uno. De un perroenfermo uno cuenta con su parecido al ser humano en un 75 para curarlo aun en su peor momento. En cambio, en el caso de las palomas poco aporta el dato de que sean herederas directas de los dinosaurios: no colaboran.
La cuestión es que si las palomas son feas, pueden imaginarse lo que es una paloma con viruela (acá si quieren pueden dejar de leer). Basta decir que si fueran personas, tendrían que cubrirse con una capa negra y tocar una campanita anunciando su paso, como los leprosos en la Edad Media.
Los primeros días que vi al Viru en la terraza me hice la tarada. Ya sé que la cepa que ataca a las palomas es inocua para las personas: simplemente me daba asquito.
Me dije que por ahí se curaba solito, o que ya se moría, o algo. Pero pasaron los días y el Viru seguía ahí, cada vez más flaco y horrible, pero vivo.
Entonces me armé con toda la medicación que me enseñaron, me banqué el asco y lo agarré. Lo empecé a curar: el pobre bicho luchaba con toda la adrenalina que le quedaba en el cuerpo esmirriado. Cuando una paloma pelea así, es capaz de quebrarse las alas con tal de escapar. Lo limpié con pervinox, le di antibiótico y traté de alimentarlo. Tenía la garganta seca y cerrada. Casi no le pasaba el alimento. Lo puse en una jaula: se golpeaba enloquecido para escapar. Le dejé agua y la volcó, una, dos, tres veces.
Ese primer día hasta me bañé para sacarme el asco. Después me empecé a acostumbrar a su ojo cerrado por la infección y a los granos en el pico.
Cada vez que con su ojo sano me veía abrir la puerta de la terraza se golpeaba contra las paredes de la jaula. Peleaba todo el tiempo. Le molestaba el pervinox. Odiaba el gusto del antibiótico. Para mí estaba igual que cuando lo levanté hace cinco días.
Pero esta mañana, cuando me preparé para alimentarlo sabiendo que otra vez se iba a resistir, sacó de algún lugar su chillido de pichón, abrió el pico y se abalanzó sobre mi mano abierta para devorar su comida. Y comió hasta lo último y pidió más y se llenó el buche y a mí me llenó de alegría con esos ruidos estridentes de pichón hambriento de vivir.
Feo, feísimo Viru, hoy sé que vas a estar bien y que vas a salir a volar y a hacer tu vida de paloma y vas a ser una más entre tanta plaga. Pero vos y yo vamos a saber que, como dice la canción, las cosas se cuentan solas, sólo hay que saber mirar.

22 de abril, quasi San Jorge

Mi santo querido, mañana va a ser tu día y en muchas ciudades del mundo, de muchas maneras diferentes, venerarán tu nombre. Dice la leyenda que eras medio cristiano, medio árabe. También, con el tiempo, empezaron a decir que no eras, que nunca fuiste, que jamás exististe. La iglesia católica te sacó del santoral, pero nadie nunca pudo sacarte de todos los países en los que te erigieron como su patrono. Un misterio, el porqué. Quién sabe qué vio en tu figura heroica gente de idiosincrasias tan diferentes.
Quién sabe, si los países cambiaran hoy sus tradiciones, cuál sería la figura que encarnaría el coraje, la lealtad, la constancia, como lo hiciste vos. O si a los gobiernos los entusiasmaría que alguien con esos valores los representara.
Y sin embargo te veo matando cada 23 de abril a ese dragón en el que los espíritus antiguos vieron a sus propios enemigos.
Ahí estás , ahuyentando a los dragones que todos los días brotan en esta Tierra que ya no cree en los valientes caballeros ni en los guerreros heroicos capaces de dejarse matar antes de traicionarse. Tal vez por eso haya tantos dragones impunes aquí, porque ya no creemos en San Jorge.
Te agradezco, mi santo querido. Estoy segura de que muy lejos en la historia las personas merecían a alguien como vos, simplemente porque eran capaces de pensarte. Deseo que alguna vez este mundo de dragones disfrazados vuelva a merecerte. Nada me gustaría más que verte galopar en tu caballo blanco, lleno de fe en el camino y de coraje en el corazón.

Casa Sara

Ahí en Rivadavia casi Mario Bravo hay un local de esos donde se venden cosas lindas que rozan lo inútil. Siempre que paso me quedo mirando las vidrieras y me gustan todas las pavadas que tienen. Casi nunca les compro algo pero me encanta. La cuestión es que hace un par de semanas vi un cartelito que decía que cerraban, y empecé a putear bajito por todas esas cosas que se están yendo, no? Digo, por las cosas postergadas, como comprarle la imagen del perro vestido de caddie o el reloj colgante como el de una estación de tren y que unos meses atrás podría haberlo comprado pero no lo hice. Y puteaba por las cosas necesarias que no esperan: la factura de la luz, la del gas, eso de tratar de mantener el laburo, que antes no contaban como de vida o muerte y ahora sí.

Anoche pasé de nuevo por el local, y estaba abierto. Había otro cartel, que decía “Nos quedamos!!! Gracias por su apoyo!”. Obviamente entré al heroico bolichín para conocer la historia y decirle a la dueña que me alegra que se queden porque está bueno que en medio de la mierda florezca el milagro. Y ahí escuché que el dueño le había querido aumentar un 40% el alquiler y que ella le dijo que no (se lo estaba contando a alguien mientras yo miraba las cositas de siempre). La mina le contestó que antes de subir los precios un 40% prefería cerrar. Y pasó que los vecinos, al ver el cartel de cierre le empezaron a sugerir al dueño que si el bolichín cerraba, el local iba a estar cerrado un montón de tiempo hasta que pudiera volver a alquilarlo y él iba a perder un montón de guita. Y parece que el poronga que quería subir el alquiler porque acá subimos todo rápido para que se joda el que viene atrás, hizo cuentas y arregló con la mina del local…todos contentos.

Me quedé pensando en la gente capaz de mojarle la oreja a la suerte, en los que saben doblar la apuesta, en el bolichín quasi kitsch que resiste con la estatuita de Buda en la vidriera. Le compré un gallito que me encantó y no le acepté una rebaja. Porque esa mina se animó a patear el tablero mientras la gente como yo se agarra fuerte de la silla y ruega que nada más cambie aunque sepa que tal vez la vida esté en otra parte.

Bullying

Ahora se llama bullying. Yo no sabía cómo se llamaba eso en esa época, pero sí sabía cómo me sentía. Desde el 75 hasta el 80 hice el secundario en un colegio de Villa luro. Dos enormes contras tenía yo: era obesa y me encantaba leer y estudiar. Esto último no me daba vergüenza, lo otro si. Me ponía ropa anticuada y andaba con abrigos de cuerina hasta en verano. No iba a bailar porque obviamente me quedaba sentada toda la noche. Mi modesta venganza era estudiar, también era mi manera de huir de la realidad. Y comía, claro, comía muchísimo y engordaba y estudiaba. Igual ayudaba en los trabajos prácticos y en las pruebas, buscaba desesperadamente la aprobación de mis compañeros por ser lo que hoy se dice nerd. Tenía un par de nerds afines, una chica y un chico. Con ella discutimos por él y él resultó ser gay. Pasaron muchas cosas en ese tiempo. Cuanto peor me iba con las personas, mejor me iba en el colegio. No fui al viaje de egresados, aprendí a pagar con la moneda del desprecio a quienes me despreciaban. El tiempo pasó. Hace un par de años fui al colegio por una reunión de algo. Y me encontré con una compañera que había sido la que más me había bardeado. Me dijo: “siempre pienso cuánto te hicimos”. Y yo le contesté: “si”. Me pidió perdón, y le dije que era demasiado tarde. Un tiempo después me invitó a una fiesta por el día del amigo. No way, claro. No hay regreso de eso que llaman bullying. Hay un tratar de sobrevivir con el menor daño posible según la madera de la que estés hecho. Yo implosione como el albergue warnes hasta descubrir que hay gente copada en este mundo, pero igual quedé con un montón de cicatrices dolorosas. Algunos pan tristes explotan y matan.
Cuando eso pasa, mi alma grita sin voz.